Si levantamos la vista en La Aljorra, hay una silueta inconfundible que nos acompaña desde hace décadas. No es una torre defensiva medieval ni un campanario, pero ha sido igual de vital para nuestra supervivencia y desarrollo: hablamos del Depósito Elevado de Agua.
A menudo pasamos por debajo sin prestarle atención, pero esta estructura de hormigón cuenta una historia fundamental de nuestro pueblo: el momento en que la modernidad, en forma de agua corriente, llegó por fin a nuestros grifos.
De los aljibes al «chorro» continuo
Históricamente, La Aljorra dependía de sus pozos y la recogida de agua de lluvia. Mientras que la ciudad de Cartagena celebró la llegada de las aguas del Taibilla ya en 1945, los aljorreños tuvimos que esperar casi dos décadas más para ver ese avance en nuestras casas.
No fue hasta 1962 cuando el agua del Taibilla llegó oficialmente a nuestro pueblo. Ese año marcó un antes y un después: fue el fin de una era de cántaros y aljibes domésticos obligatorios, y el comienzo de un servicio que igualaba nuestras infraestructuras a las de la ciudad.
¿Por qué una torre?
Para garantizar que ese nuevo suministro llegara con fuerza a todas las casas en una zona tan llana como el Campo de Cartagena, se hizo necesaria esta obra de ingeniería. El depósito funciona como una batería de energía potencial: al elevar toneladas de agua a varios metros de altura, la gravedad hace el trabajo de empujar el agua con la presión necesaria para que salga por los grifos de las viviendas más alejadas.
Un símbolo de nuestro patrimonio industrial
Hoy en día, este gigante de hormigón armado, con su cuba cilíndrica y sus pilares robustos, se alza no solo como una infraestructura funcional, sino como un hito de nuestra historia reciente. Representa ese año 1962 en el que la calidad de vida en La Aljorra dio un salto de gigante.
Aunque ya no miremos hacia arriba con la novedad de antaño, el depósito sigue ahí, recordándonos el esfuerzo que supuso traer el agua corriente hasta aquí.

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