Caminamos con frecuencia por la Plaza Don Domingo Ballester en La Aljorra como quien pasa por un lugar cotidiano. Sin embargo, detrás de ese nombre se esconde un episodio digno de la mejor novela de misterio y salud pública, donde el buen ojo clínico de un médico rural se enfrentó a la codicia desmedida de un comerciante que puso en jaque a toda una comarca.
⚠️ La alarma: un veneno de mina en manos de jornaleros
A finales del otoño de 1935, una extraña epidemia comenzó a azotar los pueblos del Campo de Cartagena y la huerta murciana. Familias enteras de jornaleros caían postradas con síntomas devastadores:
- 🤢 Dolores intestinales insoportables y vómitos constantes.
- 📉 Pérdida radical de apetito y debilidad extrema.
- 🦷 Una marcada línea negruzca en la base de los dientes (el ribete de Burton).
Clínicamente se trataba de saturnismo (envenenamiento agudo por plomo), una dolencia propia de los mineros de La Unión o Mazarrón. Pero en La Aljorra, El Jimenado o La Palma no había minas. Los enfermos eran braceros del campo, mujeres y niños que jamás habían pisado una galería subterránea ni manipulado pinturas industriales con sulfato de barita.
El doctor Don Domingo Ballester Pedreño, que ejercía como el querido médico de cabecera de La Aljorra y conocía al detalle la vida de cada vecino, detectó de inmediato la anomalía.
💡 La clave del enigma: La pieza que resolvió el puzle encajó cuando el propio panadero de La Aljorra acudió a su consulta aquejado de los mismos síntomas. Si enfermaban el jornalero y el tahonero, el veneno viajaba en el alimento más sagrado y humilde: el pan.
🦹 El villano de la historia: José Meroño Olmos
La alerta trasladada por Don Domingo a las autoridades de Cartagena activó una investigación que pronto descartó a los panaderos locales —quienes, como Juan Egea en La Palma junto a su mujer y sus cuatro hijos, estaban igualmente envenenados junto a trescientos de sus clientes—. Las harinas procedentes de Castilla en tren llegaban limpias. El foco apuntaba directamente al intermediario: José Meroño Olmos.
Meroño, de unos cuarenta años, gozaba del monopolio de la harina en la zona y era bien conocido por sus vecinos por su «desmedida afición por el dinero». Se contaba que en el pasado ya había encargado chocolate con menos peso para timar a la clientela y que había enviudado tras casarse con una mujer rica mientras esta se encontraba enferma.
Para abaratar costes y aumentar el volumen de venta de los tres vagones semanales que despachaba:
- Compró fraudulentamente treinta toneladas de barita (mineral pesado usado como base blanca en pinturas) bajo distintos nombres falsos.
- Por cada cien kilos de harina, mezclaba cinco de polvo de barita, llegando a moler en Los Dolores hasta cinco toneladas de roca.
- El negocio funcionó en silencio durante semanas, hasta que una remesa de ese sulfato llegó contaminada con una veta mortal de carbonato de plomo.
🚨 Fuga, colapso sanitario y el desenlace
Al verse descubierto, Meroño vació sus cuentas bancarias y se dio a la fuga, aunque días después se entregó ante la presión policial. La justicia le embargó 160.000 pesetas y fijó fianzas millonarias, manteniéndolo en prisión preventiva e incomunicada en Cartagena. No obstante, el estallido de la Guerra Civil apenas siete meses después dejó su proceso judicial en el limbo (su pista reaparecería fugazmente en agosto de 1939 en un listado del diario Línea con domicilio en la calle de la Merced).
Mientras tanto, la comarca vivió semanas de auténtica pesadilla:
- 👥 Cerca de 5.000 personas intoxicadas en La Aljorra, Torre Pacheco, La Palma, Roldán, San Javier y San Pedro del Pinatar.
- 🏥 Colapso médico: En Torre Pacheco enfermó un tercio de la población; la botica local despachaba más de cien recetas diarias de limonada sulfúrica y morfina.
- 💔 Tragedias humanas desgarradoras, como la muerte de una bebé de apenas once meses envenenada a través de la leche materna.
🌟 El legado de Don Domingo
Si la catástrofe no alcanzó cotas irreparables fue por la intuición, rapidez y entrega de Don Domingo Ballester. Su figura representa el valor incalculable de la medicina rural vocacional: un médico cercano que, a base de observación constante y devoción por sus vecinos a lo largo de medio siglo, frenó uno de los mayores delitos contra la salud pública del siglo XX en España.
La próxima vez que crucemos la plaza de nuestro pueblo, recordemos con orgullo que ese nombre rinde tributo al hombre que salvó el pan de miles de hogares.
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